Bereczky Erzsébet (szerk.): Imre Madách: La Tragedia del Hombre. Ensayos sobre las di versas puestas en escena del drama (Budapest, 1987)

Tamás Major: La moderna Tragedia del Hombre

Adán, quien se lanza con vehemencia a la lucha por el ideal descu­bierto por él. En estos casos siempre deja plantado a Lucifer. Ob­viamente no fue Adán quien eligió el papel de Faraón, también los cuadros de Roma y Praga no fueron más que desengaño y descanso para él. Luego en Londres busca la libertad burguesa del individuo para examinar por último la sociedad „guiada por la ciencia”, pero no como socialismo, sino como la ilusión utópica del hombre burgués del siglo XIX y mostrarla en su total absurdidad. Si esa lucha fuera la que ocupara el centro del drama, sería distinto el ritmo de los cuadros históricos y no se daría esa situación incon­cebible en que la aspiración a representar de manera fidedigna los cuadros históricos va cortando a cada momento el dinamismo de la pieza. Los distintos cuadros tuvieron que ser separados por efectos de luces, telón o música de fondo ilustrativa para llenar el tiempo. Resultó casi hilarante, por ejemplo, la solución que se le daba al momento en que la escena de Praga se disipaba en la de Paris: ¡Ah lo oigo, el canto del porvenir! ¡Ya hallé la palabra prodigiosa, el talismán que va a rejuvenecerte, oh, vieja tierra, bajo los cielos aterida! A ésto seguía una pausa de algunos minutos en que el es­cenario cambió a Paris para terminar ahí con la siguiente arenga: „Igualdad, fraternidad, libertad” Que la Tragedia tiene que ser despojada de su carácter de vaudeville histórico, lo demuestran incluso las instrucciones de Madách, que tratamos de respetar por primera vez. Sobre el cambio de escena de París escribía por ejemplo: La escena se transforma rápidamente en el mercado Gréve de París, el balcón en una tarima de guillotina y el escritorio en la guillotina misma...” No queremos pues representar cuadros históricos de manera naturalista. Tenemos el coraje de admitir que representamos La Tragedia del Hombre sobre un escenario, sin la pretensión de mostrar los cuadros con precisión y fidelidad histórica. Es un 56

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