Bereczky Erzsébet (szerk.): Imre Madách: La Tragedia del Hombre. Ensayos sobre las di versas puestas en escena del drama (Budapest, 1987)

László Vámos: La representación de la Tragedia del Hombre al aire libre

LA REPRESENTACIÓN DE LA TRAGEDIA DEL HOMBRE AL AIRE LIBRE En todas partes del mundo el teatro al aire libre está viviendo su renacimiento. El hombre moderno ha vuelto a crear para sí la gran experiencia colectiva del mundo de la Antigüedad: el teatro, que más que teatro es a la vez rito, ceremonia y fiesta del pueblo a la vez. En este teatro le corresponde un primordial papel dramá­tico a la atmósfera producida por el entorno y también a esa fuerza cohesionadora que merced a la gran vivencia transforma en una comunidad a varios miles de espectadores. Así como el entorno ayuda a lograr el encanto cuando se elige una obra adecuada, de la misma manera resulta imposible crear el contacto con el público si la pieza no tiene relación alguna con el escenario. Lo que pretende la puesta en escena de 1965 no es crear una representación actual de la Tragedia en general, sino su montaje especial, concebido para la plaza del Duomo de Szeged, teniendo en cuenta las proporciones monumentales del templo y las con­diciones visuales y acústicas del anfiteatro, que da cabida a siete mil espectadores. Pretende una función espectacular, no teme asumir las asociaciones desacreditadas de tal concepto, en la convicción de que incluso el espectáculo puede estar al servicio de sugerir el mensaje de la obra. El público debe salir del teatro con recuerdos visuales de contornos fijos, la dirección ha de tomar en serio las visiones gigantescas de Madách — en cuya descripción no lo limitaban las posibilidades de una puesta en escena - y ha de tratar de cumplir las instrucciones del autor. He aqui algunos ejemplos para ilustrar algunas de las con­cepciones escénicas: En el cielo el Señor está simbolizado por un enorme espejo esférico, colocado en el medio entre dos grandes torres a una altura de 40 metros aproximadamente, del que emana una bri­llante „luz celestial”. Los ángeles se ubican a todo lo ancho del espacio, de ocho a veinte metros de altura por ambos lados y en 60

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