Bereczky Erzsébet (szerk.): Imre Madách: La Tragedia del Hombre. Ensayos sobre las di versas puestas en escena del drama (Budapest, 1987)

Tamás Major: La moderna Tragedia del Hombre

buena o mala, más mediocre no quiero ser bajo ningún concepto”. Hay que leerla y releerla, volverla a leer mejor, indagar el material de vivencias del autor, pero, al mismo tiempo, iniciar una dura lucha por destruir la muralla académica levantada en tomo al drama. De modo que para encontrar y construir lo auténtico debemos también de destruir. Las obras clásicas se caracterizan a menudo por ese espíritu pedante — herencia del siglo XIX — que se considera como infalible, que busca la belleza general y se enternece con su propia voz, también por ese tono crítico, „de­fensor de la artes”. Al decir de Madách: Mas tenemos en nuestra contra las costumbres, el orden establecido, las reglas de la Iglesia. El „seUor profesor” que representa esta concepción y que por su preparación a menudo no es más que un „señor maestro”, sabe y conoce muchas cosas y „las sabe mejor”. Sabe que el Macbeth de Shakespeare se inspiró en la crónica de Holinshed, y está siempre dispuesto a recorrer el camino de regreso, desde Shakespeare hasta la fuente original, para no darse cuenta de cuán libremente trató el autor su materia, y de cómo, al recurrir a la fuente original, quiso comunicar sus propias experiencias, sus propias vivencias, sus propias ideas. El crítico burgués de la Tragedia conoce al dedillo Egipto, Atenas, Bizancio, Praga y Londres, es más, hasta tiene ciertos conocimientos sobre los ideales del socialismo e investiga por qué precisamente estos escenarios fueron elegidos por Madách. Desde nuestra época reclama con carácter retrospectivo por qué el autor no vió mejor al socialismo, cómo pudo haberse equivocado de manera tal. El resultado de esta concepción sería una represen­tación naturalista que pretende llevar a la escena en toda su realidad a Egipto, Atenas, Roma, etc, de la manera más fiel posi­ble, en forma de un vaudeville histórico. De ahí que el director se encuentre en apuros ante la interpretación del falansterio, de 53

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