Bereczky Erzsébet (szerk.): Imre Madách: La Tragedia del Hombre. Ensayos sobre las di versas puestas en escena del drama (Budapest, 1987)

Gellért Endre: "Ah, lo oigo, el canto del porvenir"

demostrando la inutilidad, la sin razón de la vida. En esos cuadros no sólo cambian Adán y Eva, sino también Lucifer, que siempre está tratando de desilusionar a Adán de la manera más conveniente en el momento a la ocasión o a su objetivo. Este Lucifer activo influye necesariamente sobre las acciones de Adán. La actividad de Adán, siempre apasionado y entusiasta por nuevos ideales, no es independiente a la oposición luciferiana, es más, que hasta pudiéramos decir que está en permanente interacción con ella. Al final de cada cuadro Adán no siempre sale con la misma desilusión y decepción y no comienza, emprende las nuevas escenas con el mismo entusiasmo y el mismo fervor hacia la realización de los nuevos ideales, hacia el advenimientos de nuevas épocas. En esta ocasión, de entre los numerosos problemas de dirección de la Tragedia solamente quiero ocuparme de esta única cuestión. En vez de una teoría de dirección veamos más bien la realidad creada por el autor. Sigamos el camino de Adán desde el cuadro egipcio hasta el momento final del último cuadro que tiene lugar fuera del Paraíso. ¿Acaso según Madách Adán se desengaña y entusiasma de la misma manera? No. En el cuadro egipcio el faraón que quiere levantarse a si mismo un monumento inmortal, se despide así de su época: ¡Atrás, visión del infierno! ¡Ah, todo: ambiciones, esfuerzos es ilusorio! „Para uno solo millones de seres...” ¡Aun oigo ese grito! ¡Ouiero que esos millones de seres vivan! Mas para ello se requiere un estado libre, ¡Un mundo nuevo! ¡Ah, que perezca el individuo para que el pueblo exista! ¡El género humano no forma más que un cuerpo! EVA: ¿Y tú, amor mío, puedes abandonarme? ADÁN: Sí, a tí, lo mismo que a mi trono y a todas las cosas....... Llévame, Lucifer, Revélame 43

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