Bereczky Erzsébet (szerk.): Imre Madách: La Tragedia del Hombre. Ensayos sobre las di versas puestas en escena del drama (Budapest, 1987)

Sándor Hevesi: La nueva Tragedia del Hombre

y el Diablo, que el Senor decide enviando a su Hijo único a la Tierra para la salvación del Hombre, contra lo que Satanás lucha y protesta durante todo el auto sacramental. Este juego dramático, o digamos mejor, este drama divino, sólo era realizable y palpable para el público si el cielo, o sea, la presencia de Dios, permanecía evidente durante toda la pieza, igual que la de Satanás. De ahí proceden la unidad y el dramatismo de todos los misterios. Planteé pues la pregunta: ¿Por qué no se podría situar La Tragedia del Hombre, el misterio escénico más perfecto, en un marco que fuera su marco natural, pues de él derivaba, según toda su composición? ¿Por qué no se podría hacer constantemente visible la lucha entre Dios y Lucifer cuando el escenario - misterio, con su triple di­visión y su rica disposición, se prestaba magníficamente para ello? ¿Por qué no construir en la escena ese marco - misterio de di­mensiones impresionantes, que por un lado haría monumental el poema, lo liberaría de muchas telas inútiles y por el otro haría posible un desfile de multitudes que no se podía esperar del montaje anterior? La Tragedia concebida en el marco y en la estructura del escenario — misterio no solamente sabe acentuar siempre las entradas de los protagonistas o de la multitud, sino que por sus grandes dimensiones puede separar debidamente a los personajes principales de la masa donde sea necesario, dejando entre ambos la distancia suficiente para poder mantener la ilusión del espectador, precisamente ahí donde el antiguo escenario la había dejado ridiculamente deshecha. Por ejemplo, en el montaje anterior había que hacinar descabelladamente a los distintos grupos de la escena londinense. En Atenas Lucía estaba tan cerca del pueblo en rebeldía que lo oía y veía todo, por lo tanto, carecía de sentido preguntarle a su hijo por lo que estaba sucediendo afuera. El escenario — misterio lo resuelve todo, con total ilusión y de ma­nera natural. Cuando en el prólogo celestial el Seítor entrega a Lucifer los dos manzanos del Edén, abajo, en el Paraíso los dos árboles son misteriosamente iluminados: cuando Eva quiere probar el fruto el cielo se oscurece y la voz del Sefior se escucha tristemente entre el rumor de las nubes. Cuando Pedro consuela a Adán-Sergiolus 36

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